El efecto Mozart: ¿escuchar a Mozart te hace más inteligente?
El efecto Mozart ofrecía una promesa irresistible: aumentar la inteligencia escuchando música. Su historia va de un breve experimento con estudiantes universitarios a las esperanzas depositadas en los bebés, y desemboca en una comprensión más rigurosa de lo que la música puede cambiar.
La promesa es maravillosamente fácil de imaginar. Poner a Mozart, dejar que la música llene la habitación y darle un pequeño impulso a la mente. Un estudiante podría abordar un problema difícil con mayor claridad. Una madre o un padre podrían esperar que los sonidos que llegan a la cuna ayuden al desarrollo del cerebro de su bebé.
Hay algo especialmente atractivo en una ventaja que se obtiene a través del placer. Sin ejercicios ni deberes adicionales: basta con escuchar. En la versión popular del efecto Mozart, la música deja de ser solo algo de lo que disfrutar. Ofrece la posibilidad de volverse más inteligente.
Los libros que contribuyeron a llevar esta idea a la vida cotidiana ampliaron mucho la promesa. The Mozart Effect, de Don Campbell, publicado por primera vez en 1997, vinculaba la música con la curación, el fortalecimiento de la mente y la creatividad. The Mozart Effect for Children, publicado en 2000, trasladó esas esperanzas expresamente a la infancia y presentó la música como una forma de favorecer el desarrollo mental, emocional y físico. Eran afirmaciones muy amplias sobre el poder de la música, que iban mucho más allá del rendimiento en una prueba de laboratorio. [1][2]
Para cualquiera que haya sentido cómo una de sus piezas favoritas le levantaba el ánimo, la idea resulta intuitivamente atractiva. ¿Por qué algo que cambia cómo nos sentimos no habría de cambiar también nuestra capacidad para pensar?
Sin embargo, para entender qué puede significar el efecto Mozart, tenemos que dejar por un momento esa atractiva promesa y adentrarnos en el experimento que lo hizo famoso.
Diez minutos de Mozart, treinta y seis estudiantes
Los estudiantes realizaron pruebas tras pasar por tres condiciones de escucha: diez minutos de la Sonata para dos pianos en re mayor, K. 448 de Mozart, instrucciones de relajación o silencio. Después, completaron tareas de razonamiento espacial extraídas de la prueba de inteligencia Stanford–Binet. Estas evaluaban la capacidad de pensar en formas y en las relaciones entre ellas, no la inteligencia en su conjunto. [3][4]
Las puntuaciones fueron más altas después de escuchar a Mozart. Expresada en la escala de la prueba, similar a la del cociente intelectual, la diferencia equivalía a unos ocho o nueve puntos respecto a las otras condiciones. La ventaja observada solo duró entre diez y quince minutos, aproximadamente. [4]
Esa combinación de un compositor célebre y una cifra que sonaba impresionante era fácil de recordar. Los matices se recordaban menos.
Mejorar en esas tareas no equivalía a aumentar ocho o nueve puntos el cociente intelectual general. El experimento tampoco demostró que la música mejorara la inteligencia de forma permanente, ayudara a los niños a tener éxito en la escuela o acelerara el desarrollo de un bebé. Midió un tipo concreto de rendimiento poco después de escuchar música. [3][4]
La distinción resulta familiar fuera del laboratorio. Dormir bien puede ayudar a una persona a rendir en un examen sin transformarla intelectualmente. Del mismo modo, un cambio breve en el rendimiento en una prueba no tiene por qué significar que haya cambiado la capacidad intelectual subyacente.
El experimento planteó una pregunta interesante. No respondió a todas las preguntas que después se le atribuyeron.
¿Tendrían Schubert —o un relato— el mismo efecto?
Si Mozart tenía un poder especial, sustituirlo por otro compositor debería marcar una diferencia. Los investigadores comenzaron a probar precisamente eso.
En 1999, Kristin Nantais y E. Glenn Schellenberg observaron un mejor rendimiento espacial tanto después de escuchar a Mozart como a Schubert que tras permanecer en silencio. Después cambiaron la comparación. En lugar de pedir a los participantes que permanecieran en silencio, les ofrecieron un relato narrado. La ventaja dependió de las preferencias de los oyentes: la música favoreció a quienes disfrutaban más de ella, y el relato a quienes lo preferían. [5]
Esto hace que la elección del término de comparación sea crucial. Permanecer en silencio y disfrutar de algo que capta nuestro interés son experiencias distintas. Un resultado que las diferencia no distingue necesariamente a Mozart de todo lo demás.
William Forde Thompson, Schellenberg y Gabriela Husain exploraron otra explicación en 2001. Compararon una enérgica sonata de Mozart con un adagio lento y triste de Albinoni y con el silencio, midiendo el disfrute, el estado de ánimo y el nivel de activación, además del rendimiento espacial. Aquí, activación se refiere al grado de alerta o estimulación, no a la inteligencia. [6]
Quienes escucharon a Mozart rindieron mejor que después del silencio, pero también mostraron diferencias en el disfrute, el estado de ánimo y la activación. Cuando esas diferencias se tuvieron en cuenta estadísticamente, la ventaja específica de Mozart desapareció. [6]
En conjunto, estos experimentos apuntan a una explicación relacionada con el estado inmediato del oyente. Una experiencia estimulante puede dejar a una persona mejor preparada para una tarea. Es una posibilidad relevante, pero no nos da motivos para suponer que solo Mozart tiene la clave. [5][6]
¿Qué ocurrió al evaluar a más personas?
El hallazgo inicial no se reprodujo de manera consistente. Algunos estudios observaron mejoras breves en determinadas tareas espaciales; otros no las encontraron. [4]
Un metaanálisis de 2010 de Jakob Pietschnig, Martin Voracek y Anton Formann reunió 39 estudios con más de 3.000 participantes. Un metaanálisis combina los resultados de varios estudios para evaluar el patrón general. Sus comparaciones incluyeron a Mozart frente al silencio u otras condiciones no musicales, a Mozart frente a otras músicas y a otras músicas frente a condiciones no musicales. Los resultados ofrecieron poco respaldo a un beneficio en el rendimiento específico de Mozart y mostraron indicios de sesgo de publicación: la tendencia a que los resultados positivos sean más visibles que los negativos. [7]
También era necesario evaluar directamente a los niños. Rudi Črnčec, Sarah Wilson y Margot Prior estudiaron a 136 alumnos de quinto de primaria, con una edad media de 10,7 años. Los niños escucharon K. 448, música popular o silencio antes de realizar una tarea espacial. El estudio no encontró pruebas de un efecto Mozart. [8]
La gran promesa, por tanto, va más allá de los resultados. Escuchar música puede ir seguido, en ocasiones, de una pequeña diferencia en el rendimiento; las pruebas no demuestran que Mozart sea un atajo fiable hacia una mayor inteligencia. [7][8]
¿Podría explicarlo la belleza de las armonías?
Quizá el atractivo de Mozart resida en una música que se percibe como clara, equilibrada y bella. Es un punto de partida razonable para plantear una pregunta, pero difícilmente basta como explicación científica.
¿Qué significaría «armonía sencilla»? ¿Pocos acordes distintos? ¿Cambios predecibles? ¿Movimientos suaves entre las notas? ¿Y el criterio de quién determinaría si es bella?
Para poner a prueba la idea, los investigadores tendrían que modificar una característica musical bien definida y aislarla del tempo, la familiaridad, las preferencias y otros factores. Comparar a Mozart con el silencio no permite hacerlo. Los experimentos sobre preferencias y estado de ánimo también muestran por qué no es prudente atribuir una respuesta únicamente a la armonía. [5][6]
Tampoco puede una sola sonata representar todo lo que compuso Mozart. La característica musical que pudiera importar debe identificarse en el sonido concreto, en lugar de darse por supuesta por el nombre del compositor.
Existe un experimento con bebés sobre la armonía que resulta intrigante. Pero lo que midió nos lleva a otra distinción esencial: que guste un sonido no es lo mismo que volverse más inteligente.
Bebés: preferencias, fisiología y desarrollo
En un estudio de 1998, Laurel Trainor y Becky Heinmiller observaron que los bebés de seis meses escuchaban durante más tiempo los intervalos consonantes que los disonantes. En otro experimento, los bebés prefirieron un minueto original de Mozart a una versión modificada para incluir numerosos intervalos disonantes. Aquí, la consonancia se refiere a combinaciones de notas que suenan relativamente estables o que se funden entre sí. [9]
Se trataba de un hallazgo sobre preferencias de escucha. No medía la inteligencia ni comparaba a Mozart con todos los demás compositores. Además, los bebés tenían alrededor de seis meses: no eran recién nacidos. [9]
La investigación con bebés prematuros planteó una pregunta distinta. En 2010, Ronit Lubetzky y sus colegas estudiaron a 20 bebés prematuros en fase de crecimiento, cada uno de los cuales pasó por una sesión de treinta minutos de Mozart y por una condición sin música en días consecutivos. Midieron el gasto energético en reposo: cuánta energía utilizaba el cuerpo mientras descansaba. Durante los últimos tramos de la sesión de Mozart, este descendió aproximadamente entre un 10 y un 13 % respecto al valor basal. [10]
Un estudio cruzado posterior con doce bebés prematuros comparó a Mozart, a Bach y la ausencia de música. Mozart redujo el gasto energético en reposo; con Bach no se observó el mismo resultado. Estos pequeños estudios son interesantes, pero se refieren a una medición fisiológica inmediata en una población concreta. No demuestran un mejor desarrollo intelectual ni una ventaja biológica general de Mozart. [10][11]
La participación activa es otra experiencia distinta. David Gerry, Andrea Unrau y Trainor observaron diferencias en el procesamiento musical y en algunas medidas sociales y comunicativas después de que los bebés asistieran a clases participativas de música con sus padres. Cantar, moverse y producir sonidos juntos implica mucho más que tener una grabación sonando en la habitación. [12]
Estos estudios plantean preguntas distintas y ofrecen respuestas de diferente naturaleza. La atención, las preferencias, el metabolismo y la comunicación no pueden fundirse en una única afirmación según la cual Mozart hace más inteligentes a los bebés. Ninguno de estos experimentos demuestra un aumento duradero de la inteligencia general por escuchar pasivamente a Mozart. [9][10][11][12]
Escuchar no es aprender a tocar un instrumento
Las clases de música son otra fuente de confusión. Pasar diez minutos escuchando una grabación y dedicar un año a aprender a cantar o tocar son actividades muy diferentes.
En un influyente experimento de 2004, Schellenberg asignó al azar a 144 niños de seis años a clases de teclado, canto o teatro, o a un grupo sin clases. Los niños fueron evaluados antes y después de la intervención. El cociente intelectual aumentó en los cuatro grupos, pero los grupos de música mostraron una modesta mejora adicional. Eran pruebas sobre una formación estructurada, no sobre Mozart como música de fondo. [13]
Investigaciones posteriores matizaron aquel resultado alentador. El metaanálisis de Giovanni Sala y Fernand Gobet de 2020 abarcó 54 estudios y 6.984 niños. Una vez tenida en cuenta la calidad de los estudios, no encontraron un beneficio global en los resultados cognitivos y académicos examinados. Su análisis no respaldó la afirmación de una transferencia amplia, es decir, que aprender música mejore de forma fiable capacidades muy alejadas del ámbito musical. [14]
Ese hallazgo no deja sin sentido las clases de música. Aprender a escuchar con atención, leer una partitura, dominar un instrumento o integrarse en un conjunto ya supone un aprendizaje considerable. La educación musical no necesita garantizar un aumento del cociente intelectual para merecer la pena.
Cómo el experimento se convirtió en leyenda
La transformación del efecto Mozart es, en sí misma, una historia de investigación.
Adrian Bangerter y Chip Heath examinaron su difusión en los medios en un artículo de 2004. Lo describieron como una leyenda científica: una idea nacida de la investigación cuya versión pública evoluciona más allá del hallazgo original. Sus análisis rastrearon la creciente asociación del efecto Mozart con los niños y los bebés, aunque el famoso experimento se había realizado con estudiantes universitarios. Vincularon su atractivo con la preocupación por el desarrollo intelectual infantil. [15]
Varios cambios ampliaron el relato. El rendimiento espacial se convirtió en inteligencia. Un beneficio que duraba unos minutos se convirtió en la esperanza de un desarrollo duradero. Los estudiantes adultos se convirtieron en bebés. Una sonata se convirtió en toda la música clásica. Cada cambio hacía que la promesa fuera más fácil de aplicar a la vida cotidiana y más difícil de justificar a partir del experimento original. [3][4][15]
Esto ayuda a explicar por qué la idea podía seguir siendo atractiva incluso cuando el panorama experimental resultaba cada vez menos convincente. Ofrecía una respuesta agradable a una pregunta cargada de inquietud: ¿qué más podríamos hacer por el futuro de un niño?
¿Qué queda cuando se modera la promesa?
Las pruebas no respaldan la conocida afirmación de que el simple hecho de escuchar a Mozart hace más inteligentes a adultos o bebés de forma permanente. Los cambios breves en tareas concretas son algo mucho más limitado y no parecen requerir exclusivamente a Mozart. [5][7]
Aun así, la experiencia que hay detrás de la idea sigue resultando reconocible. La música puede cambiar cómo se siente quien la escucha, y ese estado inmediato puede importar al abordar una tarea. Los estudios sobre el estado de ánimo y las preferencias ofrecen una forma de investigar esa relación sin convertirla en una promesa de mayor cociente intelectual. [5][6]
También hay otra forma de escuchar la sonata para dos pianos: como música, con dos intérpretes que se responden, se unen y se desafían mutuamente. No necesita ser una herramienta para mejorarnos para merecer nuestra atención.
Mozart no tiene que hacernos más inteligentes para que escucharlo merezca nuestro tiempo.
Fuentes
[1] Don Campbell, The Mozart Effect: Tapping the Power of Music to Heal the Body, Strengthen the Mind, and Unlock the Creative Spirit. Publicado por primera vez por Avon Books, 1997. Registro enlazado: edición electrónica de HarperCollins, 2009. El título y la descripción editorial documentan la promesa divulgada entre el público; el libro no se utiliza como prueba de eficacia cognitiva. Fuente.
[2] Don Campbell, The Mozart Effect for Children: Awakening Your Child's Mind, Health, and Creativity with Music. 2000. Registro bibliográfico de Google Books y descripción editorial; se utilizan para documentar las afirmaciones sobre la infancia, no para demostrar su validez. Fuente.
[3] Frances H. Rauscher, Gordon L. Shaw y Catherine N. Ky, Music and spatial task performance. Nature 365 (1993), p. 611. DOI: 10.1038/365611a0. Estudio original identificado a través del registro de la editorial; los detalles experimentales también se contrastaron con la revisión de Jenkins disponible para consulta (fuente 4). Fuente.
[4] J. S. Jenkins, The Mozart effect. Journal of the Royal Society of Medicine 94(4), abril de 2001, pp. 170–172. DOI: 10.1177/014107680109400404. Sección inicial: 36 estudiantes, tres condiciones de escucha, diferencias de ocho a nueve puntos en las puntuaciones espaciales, duración e inteligencia general. Análisis de los primeros intentos de replicación. Se trata de una revisión, no del experimento original. Fuente.
[5] Kristin M. Nantais y E. Glenn Schellenberg, The Mozart Effect: An Artifact of Preference. Psychological Science 10(4), julio de 1999, pp. 370–373. DOI: 10.1111/1467-9280.00170. Resumen de la editorial: Mozart y Schubert frente al silencio; comparación con un relato narrado y preferencias de los oyentes. Fuente.
[6] William Forde Thompson, E. Glenn Schellenberg y Gabriela Husain, Arousal, mood, and the Mozart effect. Psychological Science 12(3), mayo de 2001, pp. 248–251. DOI: 10.1111/1467-9280.00345. Resumen de PubMed: Mozart, Albinoni, silencio y ajuste estadístico por estado de ánimo, disfrute y activación. Fuente.
[7] Jakob Pietschnig, Martin Voracek y Anton K. Formann, Mozart effect–Shmozart effect: A meta-analysis. Intelligence 38(3), 2010, pp. 314–323. DOI: 10.1016/j.intell.2010.03.001. Resumen y síntesis indexada del estudio: 39 estudios, más de 3.000 participantes, comparaciones de estímulos, sesgo de publicación y escaso respaldo a un efecto específico de Mozart. Fuente.
[8] Rudi Črnčec, Sarah J. Wilson y Margot R. Prior, No evidence for the Mozart effect in children. Music Perception, 2006. Resumen de la institución de los autores: 136 alumnos de quinto de primaria, edad media de 10,7 años, Mozart K. 448, música popular y silencio; no se encontró un efecto Mozart. Fuente.
[9] Laurel J. Trainor y Becky M. Heinmiller, The development of evaluative responses to music: Infants prefer to listen to consonance over dissonance. Infant Behavior and Development 21(1), 1998, pp. 77–88. DOI: 10.1016/S0163-6383(98)90055-8. Experimentos 1 y 2: preferencias de escucha de bebés de seis meses; minueto de Mozart original y modificado. No se midió la inteligencia. Fuente.
[10] Ronit Lubetzky, Francis B. Mimouni, Shaul Dollberg, Ram Reifen, Gina Ashbel y Dror Mandel, Effect of music by Mozart on energy expenditure in growing preterm infants. Pediatrics 125(1), enero de 2010, pp. e24–e28. DOI: 10.1542/peds.2009-0990. Resumen de la institución de los autores: estudio cruzado aleatorizado, 20 bebés prematuros, sesiones de treinta minutos, calorimetría indirecta y reducción aproximada de entre un 10 y un 13 % respecto al valor basal del gasto energético en reposo. Fuente.
[11] Bach music in preterm infants: no ‘Mozart effect’ on resting energy expenditure. Journal of Perinatology 34, 2014, pp. 153–155; publicado en línea en 2013. DOI: 10.1038/jp.2013.138. Resumen de la editorial: doce bebés prematuros en un diseño cruzado con condiciones de Mozart, Bach y ausencia de música. Resultado fisiológico, no de desarrollo intelectual. Fuente.
[12] David Gerry, Andrea Unrau y Laurel J. Trainor, Active music classes in infancy enhance musical, communicative and social development. Developmental Science 15(3), 2012, pp. 398–407. DOI: 10.1111/j.1467-7687.2012.01142.x. Métodos y resultados: clases activas de música para padres y bebés comparadas con clases pasivas; resultados musicales, sociales y comunicativos. Texto completo publicado por los autores. Fuente.
[13] E. Glenn Schellenberg, Music lessons enhance IQ. Psychological Science 15(8), agosto de 2004, pp. 511–514. DOI: 10.1111/j.0956-7976.2004.00711.x. Resumen y diseño del estudio: 144 niños de seis años asignados al azar a clases de teclado, canto o teatro, o a un grupo sin clases; modesto aumento adicional del cociente intelectual en los grupos de música. Fuente.
[14] Giovanni Sala y Fernand Gobet, Cognitive and academic benefits of music training with children: A multilevel meta-analysis. Memory & Cognition 48, 2020, pp. 1429–1441. DOI: 10.3758/s13421-020-01060-2. Resumen, métodos y discusión: 6.984 niños, 54 estudios; efecto global de transferencia cognitiva y académica aproximadamente nulo cuando se controla la calidad del diseño de los estudios. Fuente.
[15] Adrian Bangerter y Chip Heath, The Mozart effect: Tracking the evolution of a scientific legend. British Journal of Social Psychology 43(4), 2004, pp. 605–623. DOI: 10.1348/0144666042565353. Tres estudios sobre los medios; en especial, el estudio 3 y la discusión general, pp. 616–619, sobre el desplazamiento hacia los niños y los bebés. Texto completo en un repositorio universitario. Fuente.
Créditos de las imágenes
Gustavo Fring / Pexels. Música, placer y la esperanza de una mente más ágil: el atractivo del efecto Mozart. Fotografía de archivo con fines ilustrativos. Fuente de la imagen. Fotografía; visualización a escala proporcional.
William Fortunato / Pexels. Las esperanzas depositadas en los bebés pasaron a formar parte de la historia del efecto Mozart, aunque el experimento original evaluó a adultos. Fotografía de archivo con fines ilustrativos; no implica participación en ningún estudio. Fuente de la imagen. Fotografía; visualización a escala proporcional.
Pixabay / Pexels. La calma, el disfrute y el estado de alerta tienen que ver con cómo nos sentimos en un momento dado, no con un cambio duradero en la inteligencia. Fotografía de archivo con fines ilustrativos. Fuente de la imagen. Fotografía; visualización a escala proporcional.
Kari Alfonso / Pexels. Medir el rendimiento exige precisar a quién se evalúa, en qué condiciones y en qué tarea. Fotografía de archivo de un examen en un aula, con fines ilustrativos; no corresponde al experimento de Mozart de 1993. Fuente de la imagen. Fotografía; visualización a escala proporcional.


